Shangó, Santa Bárbara y Apolo (parte final)

Apolo entrenaba a los jóvenes en la Palestra, el cual era un lugar donde los jóvenes se reunían para practicar atletismo y artes militares, estas actividades las realizaban siempre desnudos, y de Apolo quien era su instructor, se decía que representaba al educador ideal y por tanto amante de los muchachos. Todos los amantes de Apolo eran más jóvenes que él, esto al mejor estilo de las relaciones pederastas griegas de la época; muchos de sus amores masculinos murieron trágicamente; el caso más emblemático es el de Jacinto, hermoso joven espartano, el cual era codiciado en secreto por Céfiro, otro joven de la palestra. Un día este cegado por los celos hacia Apolo, en una competencia lo mató con un disco, se dice que el dios helénico lloró tanto a su amado que llegó a maldecir su propia existencia. Resulta también interesante la historia de amor que vivió Apolo con el joven rey Admeto, donde el Dios griego le sirvió de criado y lo protegió de la muerte, retrasando la hora fatídica de su amado en varias oportunidades. Quizás por la doble vertiente que tiene Apolo, en cuanto a su pasión por las mujeres y los hombres, este sea la causa determinante de que a Shangó en la diáspora africana se le fusionara con Santa Bárbara y que a sus hijos se les creara la fama de homosexuales, pues el sincretismo, no solo trajo al Osha la arista positiva sino la negativa también.



Pero para poder analizar las consecuencias astrales de ser un hijo de Shangó, daremos un paseo por Heracles o el llamado Hércules de los romanos. Quien se tome la molestia de leer la historia completa de este héroe, encontrará una serie de analogías entre la vida de este semi Dios y los hijos de Shangó; se debe resaltar, que todos quieren ser hijos del popular Osha, pero casi nadie está dispuesto a asumir las consecuencias de ser hijo de Shangó; esta situación es como querer ir al cielo, pero no querer morirse. En los doce trabajos de Hércules, está el arquetipo de las tareas que deben realizar los hijos de Shangó en la tierra para su purificación. Cada uno de esos trabajos y que corresponden a doce encarnaciones, son necesarias para que al igual que Hércules alcanzó la categoría divina, el hijo de Shangó también pueda alcanzarla. El número seis (Obara) representa en la diáspora africana a Shangó, pero este número es la imperfección, nótese que Obara es el signo de la balanza (arquetipo del sexto signo del zodíaco), en él aún se busca el equilibrio. El número doce (Eyilá Sheborá) representa la perfección a través de la purificación del fuego, donde ha concluido el viaje a través de los once signos, y se llega al dominio de los dos peces (doceavo signo del zodíaco), en el cual el hombre hará su última tarea; si las lecciones fueron bien aprendidas y los trabajos bien hechos se ascenderá en la escala espiritual. Ahora ¿cuál es la función del viaje a través de las doce tareas? Sencillamente la liberación del ego, esa chispa divina que quedó atrapada en nuestros cuerpos y que pugna por manifestarse con toda su intensidad luminosa. ¿Pero que le impide al ego liberarse en los hijos de Shangó? pues la arista más oscura y perversa de su energía; debe recordarse que Shangó es luz y oscuridad, cuando este Osha da las tres vueltas del carnero, se transforma en Abita (el demonio). Así que el egoísmo manifestado a través de la egolatría es la lucha vital. ¿Porqué se le pide constantemente humildad a los hijos de Shangó? Hay que entender que la humildad es someter la voluntad a lo que es más grande que nosotros, y reconocer nuestras propias limitaciones, pero generalmente siempre actuamos en función de nuestros intereses (los del ego). No es fácil sacrificar el ego en función de un interés superior, por eso son necesarios los doce trabajos.


Para ilustrar un poco lo expuesto analizaré el signo de Ifá Ojuani ni Shidí, allí está la historia de la hija de Olofí y su capricho con el mono de 9 colas. Relata el cuento que Ochosi el mejor cazador de la comarca, pero el menos considerado, se comprometió ante Olofí a llevarlo vivo para satisfacer el capricho de la princesa y así obtener su mano. Luego de Ochosi darse cuenta que no era tarea fácil, consultó con Orunmila, y este le indicó sacrificio con carne podrida, cordel y hueso, estos elementos le sirvieron al cazador para atrapar su presa y obtener la mano de la hija de Olofí. En su segunda tarea, Hércules debía acabar con La Hidra de Lerna la cual habitaba en un pantano pestilente (arquetipo de la carne podrida) y poseía 9 cabezas (el mono de la historia yoruba tenía 9 colas). Al igual que Ochosi, Hércules consultó al oráculo (Apolo) y este le recomendó “Arrodillándonos nos elevamos y el fuego lo purifica todo”, con este extraño mensaje y su garrote Hércules se hizo acompañar por un primo que llevaba una antorcha. El héroe entabló batalla con el monstruo, pero como lo hacía de pie, cada vez que cortaba una cabeza de la Hidra, otra surgía en su lugar, de repente se acordó del oráculo y se arrodilló sumergiéndose en el pantano y La Hidra bajó a buscarlo, entonces el la tomó del cuello para cortarle nuevamente las cabezas, pero esta vez las cauterizó con la antorcha que portaba su primo. Finalmente Hércules al cortar la última cabeza esta se transformó en una joya que el héroe esconde bajo una piedra. Hay que señalar que el final de ambas historias es similar, Hércules termina con una Joya en sus manos y Ochosi con lo más preciado de Olofi, su propia hija.


Pero ¿Qué nos enseñan ambas historias?, el simbolismo de la carne podrida y el pantano pestilente, son sólidos modelos de lo que habita en las regiones más oscuras de nuestro ego; esa es la Hidra que debemos combatir y exponerla a la luz del fuego, para purificar los sentimientos más oscuros que habitan en nuestros corazones, y eso como dije anteriormente no es tarea fácil. Ahora ¿Cómo el hijo de Shangó, se entera de cual de las doce tareas debe emprender en esta vida? Para los que son sacerdotes hijos del Oricha y consagrados en esta religión, busquen en su trilogía de signos de Ifá, allí encontraran la respuesta; para los neófitos o personas que no quieren o no pueden consagrase en esta religión, pero que saben que Shangó es su protector y guía, les queda el recurso de la astrología, pues al fin y al cabo la religión de los Orichas es la divinización del antiguo arte y ambas son el reflejo del cielo, solo que una es profana y la otra es sagrada; no obstante mi recomendación personal es que: “Un hijo de Shangó no puede andar por la tierra sin corona, pues siempre será víctima de su propio ego” e inclusive afirmaría que si no está iniciado en la religión yoruba, los sucesos que ocurrirán en su vida y que poseen una fuente Kármica poderosa, lo llevará por el camino de las amarguras, pues el hijo de Shangó de una u otra forma tiene mucho que responder ante el cielo, no en balde su Oricha tutelar maneja el elemento fuego como purificador del alma, de todas maneras la cadena de sucesos negativos en la vida de un hijo de Shangó, lo obligará eventualmente a desarrollarse espiritualmente, ya sea en esta religión o en cualquier otra. Finalmente queda clara la doble polaridad de Shangó, cuyo simbolismo es el Sol interno de su hijo (el ego en la tierra) y la fuente primordial de sus energías en el cielo (el astro Rey), y así como Shangó hace su viaje a través de las doce constelaciones zodiacales, nosotros debemos emularlo con las doce tareas de Heracles. No es al azar la frase yoruba “Shangó grita lo mismo en el cielo que en la tierra”.


Rubén Cuevas
Awó Ojuani ni Shiddí