Los mercaderes del templo yoruba

La semana pasada viajé de Maracay a Caracas para ayudar a un hermano de la religión yoruba, y cuando nos disponíamos a realizar el sacrificio a los Dioses yoruba, me di cuenta que lo que se suponía jutía y pescado ahumado era tierra con sal. Mi hermano y yo nos trasladamos hasta el sitio comercial donde se la habían vendido, el cual es famoso en Caracas por tener numerosas tiendas de la religión yoruba, pero decidimos no reclamarle al dueño de la perfumería, pues no valía la pena. Lo cierto es que esta vez, me aseguré de que la jutía y el pescado ahumado fueran verdaderos. Después de los sacrificios a los Orishas le pregunté a mi hermano ¿Cuánto le habían costado los dos gallos para Shangó? Y los precios que me refirió resultaron tres veces su valor real, y al interrogarle ¿Porqué los había pagado a ese monto? Me contestó que el color de los gallos elevaba sus precios.Este suceso me obligó a reflexionar sobre la serie de comerciantes deshonestos que pululan alrededor del culto a los Orishas y no pude evitar pensar en la parábola de Jesús y los mercaderes del templo, lo que me llevó a leer nuevamente el pasaje bíblico de Juan 2: 13-25.


El asunto es que no importa si Jesús sintió o no irá cuando sacó el látigo y los obligó a que abandonaran las escaleras del templo, sino ¿Quién alentó a esos mercaderes para que instalaran sus mesas allí? Y ¿Quién realmente merecía los latigazos? Relata la historia del evangelio, que durante la pascua era común sacrificar un cordero a Dios, y luego comerlo con pan sin levadura acompañado de hierbas amargas, ya que esta vieja costumbre se remontaba al sacrificio del cordero en los tiempos de Moises, el cual usó la sangre del animal para marcar las puertas de los suyos, y de esta forma librarse de la peste que enviaría Jehová a los egipcios como castigo. En la época de Jesús, los sacerdotes judíos tenían el control de la venta de animales para el sacrificio a Dios, que por cierto ya no era exclusivamente cordero, sino palomas, tórtolas y todo animal agradable a los ojos del supremo, amén de las mesas de los cambistas, pues los sacerdotes del templo consideraban las monedas del imperio romano o paganas indignas e impuras, por lo cual acuñaron su propia moneda y era la única que aceptaban por el pago de los animales. No obstante esos mismos sacerdotes judíos, fueron los que sembraron en la mente de los creyentes, que mientras más hermoso era el animal a sacrificar, más rápido y efectivo sería el perdón de los pecados. La historia apócrifa de Jesús, la pordiosera y el sacrificio de la tórtola, le da otro enfoque a esta parábola del evangelio.


Una mujer pobre había pasado casi todo el día de pascua pidiendo limosna, y solo para comprar la más bella tórtola que vendían los mercaderes del templo y ofrecerla en sacrificio a Dios; al acercarse ya el final de la fiesta religiosa y viendo que no había juntado el dinero suficiente, se dirigió al vendedor que poseía el ave y le suplicó para que aceptara el poco dinero que había juntado y le diera la tórtola; este por supuesto se negó a ello y le ofreció un ave de menor precio, pero menos vistosa que la que ella quería ofrendar. Jesús observó la escena y sintió misericordia de la andrajosa; se acercó a ella y le habló a los mercaderes del templo, del ejemplo que aquella mujer pobre había dado solo para ofrendar lo mejor a Dios, y que solo por ese simple hecho ya su Padre le perdonaba sus pecados, además instigó a los mercaderes a sentir misericordia por ella y a que pagaran la diferencia de dinero por la tórtola. Los mercaderes comenzaron a discutir entre ellos y la caída de una mesa con monedas durante la discusión, generó un tumulto, que luego se convirtió en un desorden público y que los sacerdotes del templo atribuyeron a Jesús.


Esta versión de Jesús y los mercaderes del templo, nos da un claro ejemplo de que no confiamos en nuestra propia naturaleza y creemos que el perdón de nuestros pecados, solo es posible si sacrificamos un animal a Dios (hoy día se hace simbólicamente en la religión católica). Así como los sacerdotes judíos fueron responsables de la conducta de la pordiosera, nosotros los sacerdotes yoruba, somos los responsables de que nuestros iniciados, crean que los conflictos solo se resuelven con un sacrificio a los Dioses yoruba; lo que resulta bien extraño, pues en los códices de Ifá de la diáspora africana, figuran claras indicaciones e instrucciones para fluir adecuadamente con nuestro destino personal y colectivo en la tierra; pero resulta más lucrativo sacrificar animales a los Dioses yoruba, que dar un sabio y acertado consejo que resuelva de una vez el conflicto de la persona ¿Cuántas veces no he visto que la solución a un problema personal, está en un cambio de conducta del iniciado, y el sacerdote yoruba le convence que sacrificando determinado animal logrará resolverlo? Por eso me pregunto ahora ¿Qué pasaría si por alguna razón se eliminaran los sacrificios de animales en la religión yoruba? ¿Cambiaría nuestra fe en los Orishas por eso? El sacrificio de animales en la religión yoruba es delicado y debe estar plenamente justificado, pues el animal que inmolamos está ofrendando su vida por la de nosotros; pero ¿Cuántas veces sacrificamos nuestro ego? Estoy seguro de que casi nunca, pues es preferible seguir sacrificando animales, ya que ellos pagan nuestra culpa y nosotros podemos seguir siendo los mismos miserables de siempre y seguir cometiendo los mismos errores. Lo siento Jesús pero te equivocaste al darle látigo a los mercaderes en las escaleras, debiste arrancarle la piel a latigazos a los sacerdotes del templo. Ahora comprenden ¿Porque no le reclamé al mercader que le dio a mi hermano de religión tierra y arena con sal en vez de pescado y jutía ahumados?


Rubén Cuevas
Olúo Ojuani ni Shiddí