Ifápagano arriba a su artículo n° 100 después de tres largos años, por ello quiero agradecer a mi esposa y a mi hijo, críticos positivos de mis artículos; a mis fieles lectores; y a todos aquellos que sin pretensión alguna me escribieron a mi correo personal para agradecerme por las pequeñas enseñanzas que les brindé a través de mis escritos.
El sábado 10 de septiembre próximo pasado arribé a mis 57 años, mis amigos más allegados, mi hermano y su pareja, mi esposa, mi hijo y su novia me dieron una sorpresa con una reunión informal, la cual se caracterizó por el güisqui 12 años que me obsequiaron, la antología musical de Los Beatles que mi hijo me regaló y una amena conversación. Lo cierto es que mientras se desenvolvía el guateque, mi mente divagaba sobre el suceso con el que saldría de mi vida el signo de Ifá Otura el Diablo, ya que mi apeterví ayafá asegura, que los signos de Ifá, independientemente del período de duración, generan eventos notables al comienzo de la etapa y al final de la misma, y es que a mi edad, ya comencé a notar las sutiles energías de la trilogía de mi tercera y última respiración, fenómeno suficientemente explicado en mi artículo: Los ciclos de Orunmila y Eshu , el cual puede ser leído en la siguiente dirección en este mismo blog: http://ifapagano.ohlog.com/los-ciclos-de-orunmila-y-eshu.oh54925.html . De todas maneras, no sabía yo que estaba a tan solo siete días de un cambio de vida, donde se manifestaría claramente el signo Oturadí, el cual prevaleció durante mi segunda respiración.
Mi casa, mi ilé, mi hogar, donde moré desde hace once años en Maracay, no solo fue mi templo sagrado para rendirle culto a los Orishas, sino que fue un puerto seguro ante las insistentes acciones malignas de mis enemigos, oponentes que solo buscaban destruir mi unidad familiar, para así alterar mi paz; por ello, no me gustaba abandonarlo, a pesar de que mi signo de nacimiento en Ifá me recomendaba mudarme de allí; pero es que fueron tantas las obras, las ceremonias y ebboses que realicé en mi apartamento, que se creó alrededor de mi morada, un campo de fuerza positivo que impidió que los envíos de omologú y eggun oscuros llegarán a su destino, y si alguno logró pasar, llegó atenuado y fue pulverizado inmediatamente por el bien consolidado cuadro espiritual de mi familia. Es por eso, que no salía a trabajar la mecánica de la religión yoruba en otras casas, y los talleres de astrología que dicté, también fueron en mi hogar, ello a pesar de haber recibido numerosas propuestas para dictarlos en espacios más abiertos y con mayor número de participantes. Pero inesperadamente la rueda de la fortuna que en Ojuani se manifiesta cada once años se reveló, ocasionándole un accidente a mi suegro, el cual hace poco menos de 8 meses abandonó la seguridad de mi casa, y donde nunca nada le pasó a pesar de ser un ateo irreverente. Este evento me obligó a separarme de mi ilé en Maracay, para alojarme en el hogar del padre de mi esposa, el cual está ubicado en mi antiguo barrio, y que de vez en cuando extrañaba, sobre todo por la alegría de su gente, que se manifestaba generalmente los fines de semana mediante la música y la algarabía de sus bailadores, alborozo que se escuchaba hasta bien entrada la madrugada. Pero resulta que apenas llegué a la casa de mi suegro, el cual aún se encontraba hospitalizado debido al accidente, comenzó una trilogía de eventos, en los que reconocí al momento un cambio de vida significativo y permanente para la familia, sucesos que levan invariablemente la marca del signo de Ifá Otura el Diablo .
El primer evento se generó durante el almuerzo y a mi llegada, pues acostumbrado en mi casa a hacer gala de mi libre pensamiento y del humor negro que me proporciona una configuración astrológica hostil entre Mercurio y Marte, realicé el siguiente comentario en voz alta: ¿Por qué será qué mi ángel de la guarda no me otorga lo que le pedí hace tiempo? Si no me lo concede pronto, se lo pediré a Jehová o a Satán, quizás alguno de los dos se compadezca de mis necesidades. Inmediatamente mi cuñada me peló los ojos y me hizo señas para que no siguiera haciendo comentarios de esa naturaleza, porque resulta que la domestica de origen colombiano y que fue contratada por mi cuñada para atender a su anciano padre, es una fundamentalista evangélica, tanto así que le recomendó a su empleadora, que no jugara más al solitario en la laptop que tiene en su cuarto, pues en una conversación que ella tuvo con Jehová, este le indicó que ese juego de cartas la ponía nerviosa (a mi cuñada). El asunto es que esa señora en los ocho meses que estuvo trabajando para la hermana de mi esposa (la despidieron 5 días después de mi llegada), impuso en la casa de mi suegro una serie de normas, todas en arreglo a sus convicciones religiosas; implantó una dieta libre de carnes pecaminosas (solo se podía consumir pollo y pescado), también escogió un horario para las oraciones a Jehová y uno para contarle a la vecina de enfrente todo lo que ocurría dentro de la casa de mi suegro. Sin embargo, el día que me apersoné en esa casa, esa señora me abordó señalando mi obesidad, eso con el fin de usarla como excusa para imponerme sus reglas, pero decentemente y con cierto sarcasmo, le hice saber que sus normas me importaban un carajo, pues mi religión es muy tolerante con los defectos ajenos, amén de que yo no me sentía incómodo con mi cuerpo. Eso bastó y sobró para que seis horas más tarde esa señora, al retirarse a su verdadera residencia, (pues debido a la presencia mía y de mi familia, ya sus servicios de adentro no eran necesarios), sentenciara que Jehová le había revelado que ella ya no era necesaria allí y que la palabra del señor se retiraba de esa casa, a lo que le contesté con la mayor tranquilidad: Menos mal, pues ya llegó la palabra de Ifá .
El segundo evento se produjo el mismo día de mi llegada, pues un joven técnico que ese día vino a instalar el servicio de Internet en la casa de mi suegro, al observar los atributos yoruba en mi mano izquierda, se reveló como cristiano, y cuando intercambiamos información sobre lo que ambos profesamos, no dudó en hacerme saber, que el solo hecho de que no aceptara a Jesús en mi corazón, ya estaba condenado a los infiernos, pues fuera de él no había salvación posible; inclusive este muchacho persistió en condenarme, aún cuando le aclaré que la frase verdadera era: Fuera de la caridad no hay salvación y que no importaba lo que adoraras, siempre y cuando amaras a tu prójimo. Luego hablamos un poco sobre las cruzadas y el judío converso al cristianismo Saulo de Tarso, el cual él insistía en llamar San Pablo, también charlamos sobre algunos pasajes de los 4 evangelios y la notable diferencia con los hechos de los evangelios apócrifos que la iglesia católica había ocultado hasta ahora. Infelizmente la amigable conversación finalizó abruptamente, pues el rostro del joven palideció y se le descompuso cuando afirmé lo siguiente: Yo estoy consciente de que merezco el infierno por adorar a Dioses paganos, pero tu no debes esperar menos, pues tal y como van las cosas, creo que El Islam nos echará una vaina a todos . Creo que mi comentario hizo que su fe se tambaleara, a juzgar por la velocidad con la que finalizó la instalación de Internet para huir como alma que lleva el Diablo.
El tercer y último evento comenzó ya entrada la tarde al empezar la rumba característica de mi barrio, pues mi llegada coincidió con el cumpleaños de un infante (no de la marina). La música a alto volumen y el griterío de los bailadores duró hasta que comenzaron a cantar los pajaritos a las cuatro de la madrugada. La variedad musical del rumbón fue notable, se escuchó desde salsa (brava y erótica), rancheras, vallenatos, tecno merengue, guarachas, hip hop, reggaetón, joropos llaneros y los infaltables tambores profanos, característica esencial de toda fiesta barriobajera, pues es allí en el barrio, donde se pueden observar los mejores movimientos femeninos de la cintura. Lo cierto es que me mantuve despierto disfrutando desde la casa de mi suegro el gusto musical de los bailadores, pero lo curioso del asunto, es que faltando quince minutos para la medianoche, comenzó a sonar una de mis salsas preferidas y que bailé a rabiar en mis tiempos de danzante espontáneo, así que me levanté de la cama, fui a la sala y abrí las ventanas que dan a la vereda para que la música entrara con mayor fuerza, y en medio de la oscuridad, y al compás de los timbales y el estribillo Fuego na´ma inicié mi solitario baile, pero al pegar el salto para persignarme a la antigua usanza del baile del malandraje, sentí un cansancio repentino, el cual me recordó que Otura el Diablo se muere de un infarto bailando. Así que suspendí mi baile nocturno y me fui a la cama a seguir disfrutando de la música de baja estofa, tal y como le llama la rancia alcurnia venezolana a la música que se escucha y baila en los barrios de Caracas.
Finalmente llegó mi suegro de la clínica, pero en una reunión previa a su llegada, la familia determinó que lo mejor era permanecer juntos nuevamente, para así apoyar la recuperación de la salud del padre de mi apeterví, así que el suscrito y su familia, ya no regresarán a Maracay a seguir viviendo allí, no sin antes sentir un poco de pena, pues fue en la ciudad jardín de Venezuela, donde me desenvolví con el ropaje del soldado y el del sacerdocio yoruba. Pero ante los acontecimientos que me generó el signo de Ifá saliente Otura el Diablo, y la certeza de que el destino personal y colectivo no podemos evadirlo, no me quedó otro remedio que rezar a mi Dios pagano a pesar de las amenazas de que me espera el infierno:
Orunmila, dame la fortaleza, la humildad, la paciencia y la inteligencia, para aceptar los cambios que mi destino me impone y sobre los que no tengo control alguno. Que se haga tu voluntad Orunmila y no la mía, pues la tuya es sabia y justa, en cambio la mía es débil y azarosa.
Rubén Cuevas
Olúo Ojuani ni Shiddí